RICARDO RUBIO (Buenos Aires, ARGENTINA)

Ricardo Rubio

Ricardo Rubio nació el 11 de mayo de 1951 en el barrio de Mataderos, ciudad de Buenos Aires. Concluyó en 1967 el  profesorado de idioma inglés, así como en 1972 sus estudios en filosofía oriental, en 1983 los de analista programador. Estudió también idioma italiano, electrónica, narrativa fílmica, dirección teatral. En innumerables medios gráficos nacionales y del exterior se han publicado textos de su autoría, algunos en italiano, alemán, francés, catalán, gallego, inglés, rumano, albanés, búlgaro y ruso. De sus poemarios,  mencionamos “Clave de mí” (1980), “Pueblos repentinos” (1986), “Historias de la flor” (1988), “Árbol con pájaros” (1996), “Simulación de la rosa” (1998), “El color con que atardece” (2002), “Entre líneas de agua” (2007), “Tercinas” (2011). En narrativa se editaron los volúmenes “Calumex”, novela, 1984, “Crónicas de un legado hermético”, novela, 2011, “Minicuentos grises” (2009), entre otros. En ensayo elegimos citar “Elvio Romero, la fuerza de la realidad” (Ediciones Servilibro, Asunción, Paraguay, 2003) y “Elvio Romero – De la tierra intensa” (2007); y en dramaturgia, “Los remolinos” (1997), “La trama del silencio” (1998), “El escriba nocturno” (2002). Integra, entre otras, las siguientes antologías: “17 Poetas entre la utopía y el compromiso” (compiladores: Antonio Aliberti y Amadeo Gravino, 1997); “Esquina sin ochava” (compilador: Omar Cao, 2000); “El verbo de los tiempos” (antología de poesía universal, en ruso; compilador: Andrei Rodossky, Universidad de San Petersburgo, Rusia, 2004); “Dársena sur” (Asunción, Paraguay, 2004); “MeloPoeFant Internacional” (bilingüe: castellano-alemán; compilador: José Pablo Quevedo; edición conjunta de sellos de Berlín, Alemania y  Lima, Perú); “Breve polifonía hispanoamericana” (compilador: Alfonso Larrahona Kasten, México, 2005); “Eufonía” (2009); “Los Molinos de viento”, antología de cuentos contemporáneos, LMdeV, 2014); “Las voces que somos”, antología de poetas integrantes del Grupo Literario La Luna Que y algunos invitados;  “Poesys 18 – Elogiu Frumusetii – In praise of beauty” (Elogio de la belleza). Editura Academiei Internationale Orient-Occident. Trad. Dumitru M. Ion. Curtea de Arges, Rumania, 2014;  “Lendina e Shikimeve”. Nje antologji e poezise ndërkombëtare me 13 poet nga 13 vende te ndryshme te botes nga Jeton Kelmendi, perkthyer nga Anglishtja dhe Frengjishtja. Albania, 2015; “Zerat e Ujit” (Voces de Agua). Festivali Ndërkombtar¨i Poezisë “Ditet e Naimit”. Edicioni XIX. Macedonia, 2015; 20 poetas a mar abierto / 20 poètes au grand large”, antología de poetas contemporáneos. Edición bilingüe castellano-francés. Traductora: Françoise Laly. 2015. En carácter de antologador tuvo a su cargo los tomos I, II y IV de “Poesía para el nuevo milenio” (1999, 2000, 2001), “Emilse Anzoátegui, Antología poética (1956-1999)” y otros volúmenes de poesía argentina contemporánea. A través de Editorial Sagital se publicó en 2004 y se reeditó en 2015: “La palabra revelatoria: el recorrido poético de Ricardo Rubio”, por Graciela Maturo. Once piezas teatrales suyas fueron estrenadas, una de ellas en Madrid, España, con la dirección de Juan Ruiz de Torres. Desde 1980 dirige el Grupo Literario “La Luna Que”, que integraba desde 1978, y también la editorial del mismo nombre. Entre otros cargos, ha sido secretario general de la Asociación Americana de Poesía, miembro del comité de organización de la Fundación Argentina para la Poesía, secretario de cultura primero, y luego presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (Oeste Bonaerense), realizó exposiciones de revistas culturales y literarias. Desde 1986 ha obtenido diversos premios y reconocimientos por su quehacer poético, teatral y narrativo. Innumerables son también sus participaciones públicas en presentaciones de libros, festivales de poesía, mesas de lectura y eventos culturales.

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Eternamente ahora

Siempre este ya pegado a los ojos.
A cada instante un segundo baladí,
un ahora infinito que nutre y azora
el presente de las indecisiones:
instantáneo, efímero.
Inaferrable.

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Alrededores

Las aves
en la tarde,

las azucenas
y el silencio,

el fondo rojizo
del infinito,

todos habitan
este pequeño corazón.

 

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DE REGRESO

Me verán volver entre líneas de agua,
simplemente,
sin más deseos que partir
gota entre las gotas.
Será a plomo y en silencio,
un paso inmóvil
desde el umbral de la hondura.

Me libraré del apego
a las maderas de esta casa,
a los bolsillos llenos de imponderables.
Saldré de esta ropa, de este latido,
para ser disperso.

Me iré sencillo
a conversar con la niebla.

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Nada sabemos salvo el desencuentro

Simulo distracción mientras agito otro tiempo
que inflama el corazón del amanecer.

Cierro los ojos e imagino los signos
de un lenguaje universal.
Busco razones
mientras palpito tristezas
derramadas en las grietas
de un espacio perplejo.

Cuando el alba abre caminos,
absorta, la lucidez se espanta.
¿Con qué veneno ahogamos la insistencia
y la ilusión, si de nadie es la luz de la distancia?
Ninguno es dueño del color con que atardece.
La conciencia navegó milenios para llegar aquí
y forzó un hombre aturdido
en medio de las piedras.

Hay alamedas heridas de sed,
pájaros con estertores de pánico,
pequeños peces luchando contra el invierno.
Pero hay manos de mujer
a lo largo de mi espalda
que mitigan la ferocidad de la vida.
Así siento las caricias y los desaires.
Ahora los años acosan para siempre,
y son apenas silencio
en el fondo de un gesto.

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La razón es ciega cuando se agita un prisma

Cualquier palabra no es tu palabra;
no es tuya la voz del niño
con garganta de trueno,
ni el color del tulipán, ni la brisa del sur.
Ese escudo no te cubre del temor,
esa cota no impide el paso de las flechas.

A veces, la luz se dispersa
para dejar un hueco confuso
en el ojo de los hombres.

Cuando los bosques en tierras aún indecibles
no imaginaban su follaje,
cuando el sol era un punto
con todos los puntos encendidos,
cuando los astros eran fragmentos
de un único astro incomprensible y loco,
y la molécula vibraba en la insistencia,
el escriba ya era parte de un recuerdo
en la materia,
y aunque sus ojos no atinaban ni el espíritu
ni el hueso, ni el calor, ni la intemperie,
en su inercia la vida planeaba la risa de la pasión
y el cuarto oscuro de la ciencia.

Luego un hombre entrevió el roce, la fisura,
el músculo partido
por la simple disolución de la franqueza.

Y gimió.

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Los ojos se cierran a la danza o se abren al dolor

El tala se ciñe entre arrugas y silencio;
entra y sale del aire con una fuerza antigua.
Se lleva la última gota de las acequias
hacia un torrente invisible
que no alcanza su piel muda.

Cuando el monte envuelve su sed y su tristeza
el cielo lo ve alzar los brazos al viento.

Navegaré la eternidad para entender este porqué,
este confuso caracol que se ahoga entre arena y sal,
esta ambición que cae en las manos de la intolerancia,
este falso remanso de la idea.
¿Cómo ver el otro lado del espejo
cuando el núcleo está en la carne?
¿Cómo ser uno cuando desmayo?

La vida se contrae, se recuesta en la senilidad,
se apostema y se aturde.
El delirio invade las formas, la razón vacila,
la desnudez intenta un color en las tinieblas
y busca una especie, una estirpe, una tribu,
un cimiento donde sembrar el aire.

Pero la luz se hace noche, niebla, sopor,
confusión de lirios a la sombra de un nogal.
Carreras infames dibujan un pasar delgado y pueril.

El ocaso es demasiado vértigo para la desnudez.

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Nos mantenemos agua  en un estanque mensurado y atónito

Acaso consagramos las tardes al estupor.
Alejados del ya,
indagamos lugares sagrados de la memoria:
los pródigos sueños, las tantas quimeras,
las ambiciones que crecían temerosas
con lentitud de otoño.

Tristemente, el niño se obliga
a dejar la ingenuidad y juega a estar cansado.

Las horas se hacen interminables días en la luz.
Inteligibles las cosas se ufanan de existencia.

La decisión es al fin un nervio que obedece,
un latido que se expresa, que se abre.
El tiempo deviene en el verdadero sí de las manos
y descree de oscuros enemigos revelando un calor
que no sucumbe al frío de la tristeza.

Aún así la paciencia hace lentos los meses,
los siglos llevan en andas lo indecible de lo eterno,
la levedad y la caricia se someten a la ansiedad,
el olvido se hace nunca y la esperanza brisa.
El antes alberga una quietud
y el ahora una historia y un silencio.

No tenemos tiempo más que para nombrarnos.
Casi siempre el árbol es más débil que su flor.
Nacemos para ir perdiendo la luz de las estrellas.