RAFAEL ALBERTO VÁSQUEZ (Buenos Aires, ARGENTINA)

Rafael Alberto Vásquez nació en Buenos Aires en 1930. En los años 60 integró el grupo “Barrilete” y compartió la dirección de la revista del mismo nombre. También compartió la grabación de un disco con poemas leídos por sus autores y música de la ciudad, Buenos Aires vuelta y vuelta (1966). Entre 1982 y 1986, con otros poetas, formó el “Grupo de los Siete” que editó varios cuadernillos de poesía.

Rafael Alberto Vasquez

Rafael Alberto Vásquez

Publicó: La verdad al viento (1962), Apuesta diaria (1964), La vida y los fantasmas (1968), La piel y la alegría (1973), Hay sol en Buenos Aires (1975), Cercos de la memoria (1992), Este sitio sin paz de la memoria (2007). Además, un cuadernillo editado por la Secretaría de Educación del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Rafael Vásquez-Ciclo de Poetas del 60 (2003), aproximación bio-bibliográfica sobre el poeta desaparecido Roberto Jorge Santoro, con un apéndice documental y una selección de su poesía.
Recibió el Tercer Premio “Evaristo Carriego” del Consejo del escritor (1962); la Faja de Honor de la SADE (1964); Mención en el Concurso Municipal de Literatura de la ciudad de Buenos Aires, poesía édita, bienio 1992/1993 (1998). Fue incluído en ocho antologías editadas en el país y una en el Paraguay. El libro del que fue extraída la biografía es EXPLICACIONES Y RETRATOS (2011).

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MEMORIA DE SANTORO
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                              a Roberto Santoro, poeta y amigo, secuestrado
                              el 1º de junio de 1977. Desaparecido.
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Han pasado los años.
No ha cambiado tu cara en el recuerdo:
la ventaja maligna de la ausencia.
Cada vez que me llaman y repito la historia
el tiempo se hace trizas como un vidrio empañado.
Y aparecen las fotos que no se muestran nunca,
los amigos, los libros, el café, las raíces
del barrio que sostuvo las voces de tu vida.
Aquel diálogo inútil -saber qué nos decíamos-
es una adivinanza que pierde su sentido.
Para la muerte no hay categorías,
pero la duda, el cuándo, los adioses sin fechas,
los supuestos más tristes desde un momento aciago
como el motor de un auto que parte hacia la nada,
no dejaron un punto final, sólo un suspenso.
Pasaron veinte años desde un viejo poema
que te escribí con culpa.
Más años todavía desde que te llevaron:
esa cuenta la cargan tu mujer y tu hija.
Yo apenas me confundo la sombra de tu abrazo
pero me sé tus versos
y te cuido ese sitio sin paz de la memoria.
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LA CAJA DE LAS FOTOGRAFÍAS
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Es una caja de cartón.
En su encierro de imágenes
han quedado las sombras de otro tiempo.
Familias y paisajes en las fotografías
que alguno capturó para volver a revivir un día:
una plaza, una calle, una figura adusta con aire de otro siglo,
gente que no conozco o que está muerta,
la infancia inevitable
o también esos padres
que uno se esfuerza en conciliar
a través de los años y la ausencia.
A veces me prometo
revolver ese mundo de papel que envejece
y explicarle a los hijos
los huecos diferentes del olvido.
Sin embargo la cita se posterga,
como aquellos viejísimos proyectos
reservados para unas vacaciones.
(Y aquellas vacaciones nunca llegan.)
Alguna vez los hijos
abrirán esa caja de las fotografías
y empezará el difícil ejercicio
del reconocimiento.
Sólo que en esa adivinanza
jugada al quién es quién,
no tendrán la certeza de hallar la solución
a vuelta de la página.
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EL PERRO PERDIDO
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El perro de mi hija
corre bajo el suburbio de una noche de enero,
cruza campos ajenos, montoncitos de escombros,
calles que nadie encuentra, ni nombra, ni conoce.
Bajo estrellas inútiles y un acoso de ruidos
por donde la pobreza suele sentirse viva,
en medio del festejo del año que inaugura
su reiterado estruendo,
pobre animal sin sombra del color de la noche
va sin rumbo ni techo, prisionero del miedo,
el perro de mi hija.
No puedo ver sus ojos
ni tampoco los de ella
ni adivinar el cauce de su llanto imparable.
Sé que no habrá medida para esta simple pérdida,
frecuente travesura del azar suburbano,
porque de un sólo golpe todo el dolor del mundo
bajará desvalido con su muda injusticia
-que no podré apartarle-
sobre su corazón.
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SIGNOS
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A veces no nos sirven,
se quedan más acá de todas las fronteras,
nos tuercen el idioma con sus signos
meramente exteriores;
es como si al salir al aire tropezaran
y nos cambiaran todo el contenido.
Las pensamos adentro,
nacieron en la zona de la verdad
pero algo nos traiciona.
O no dicen lo mismo que decíamos.
Pero no hay otra clave
para hablar y entendernos,
sólo nos quedan ellas,
las palabras.
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                                (de La vida y los fantasmas)
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CARTA
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Hijo: tengo tu carta entre las manos;
la llevo en el bolsillo, cerca del corazón,
camina la ciudad
conmigo.
A veces ni la leo,
es como si al mirarla entre mis manos
me hablara de temblores y de abrazos,
de distancia y silencio,
silencios que me vienen de tan lejos.
Como siempre, me cuesta
juntar esas palabras del principio:
decirte que estoy bien, que el trabajo no pesa y siempre escribo.
Sé que ataré después el hilo de la historia,
diré cosas triviales, me pondré en una foto,
me alegraré contigo de lo poco que cuentas
(también una manera de sentir que te extraño)
y al fin, como otras veces,
fracasaré en decirte todo lo que te quiero.

Hijo: pensar que yo creía
que era fácil hablar con los demás
y en años no lo aprendo.

                                            (de Cercos de la memoria)

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