OSCAR DE GYLDENFELDT (Buenos Aires, ARGENTINA)

Oscar de Gyldenfeldt

Oscar de Gyldenfeldt

Oscar de Gyldenfeldt nació en Buenos Aires, Argentina.

Es escritor, artista plástico y docente. Dicta clases de Filosofía en el Colegio Nacional de Buenos Aires y de Estética en la carrera de Artes de la UBA tanto como en el Instituto Universitario Nacional del Arte, Buenos Aires (IUNA). Dicta Filosofía en el Colegio Nacional Rafael Hernández, Universidad Nacional de La Plata. Es co-autor del libro “Cuestiones de arte contemporáneo”, Elena Oliveras, Emecé Arte, Buenos Aires, 2008. En el año 2004 presentó, en el marco de una publicación colectiva. Son sus libros de poesía: “Habitar el mundo – Die Welt bewohnen”, de 2014 y “Cielo y tierra – Himmel und erde”, de 2015, ambos en edición bilingüe castellano-alemán; poemarios presentados en Buenos Aires y en Berlín.

 

 

El tesoro escondido

Ni modo de conjurar
todos los silencios
ni descifrar el oculto
sentido detrás
de todas las voces.

El sonido decide
anunciarse y nos perdemos
en laberintos de tiempo
sin llegar a ver
los antiguos surcos
por la mano sutil
del jardinero trazados.

No nos es concedido
hallar lo perdido.
El tesoro permanece
en aquella gruta
aún no visitada.
Ningún tiempo y recorrido
da cuenta de la Historia,
ni otros indicios
del largo peregrinar.

Salir y romper
otra vez el cascarón
afrontar la intemperie
y la penuria nos acerca
a la casa y advierte.

No hay salida
que alcance a develar
lo más encubierto.

No vemos al daimon
ni al héroe que nos guíe.
Hace tiempo
nombramos a los ángeles
pero ellos han huido.
Es árida hoy la senda
de regreso, y el sentir
de lo perdido
no colma la sed.

No se alcanza
el camino al corazón
de antiguas montañas.
desesperados gritos
oscurecen la palabra
que entre nubes adviene
y estrellas innumerables.

 

Cielo y tierra

Sólo miro
cielo y tierra
prados y montañas
lagos y ríos
sólo escucho los pájaros
del alba
y la risa y el llanto
del niño
y huelo el perfume
de las rosas
del jardín solitario.

Tocan mis manos ahora
la seda de tus vestidos.

 

El sol y los álamos

Y el sol de la tarde,
como un cuenco de rayos
púrpura, reclinado
sobre el horizonte
del silencio.

Los álamos
que reposan y bordean
el camino
parecen invocar acaso
lo imprevisible.

El sol y los álamos
dialogan: en algún atajo
perdido el cuerpo reposa.
El alma inquieta se pierde
como una mariposa
que arrastrase la brisa.
y comienza otro viaje.

 

Dolor, en lo más hondo

Cerrada noche y silencio.
horizonte que detiene
el paso del alba.
Flores negras en el aire
sobre la flotante
capa del peregrino.

Desnuda angustia
de lo más íntimo surgida
y el clamor de las voces
en el rito que conjura
una esperanza no nata.

 

Consuelo

Tormenta de sangre.
Rojos pétalos
que ignoran el consuelo
desgranan sobre la
tierra desértica
un manto que no ha
de encontrarse
que expande la ausencia.

El espíritu calla
y el alba es incierta.

 

Nostalgia

Distancia, lejanía.
Nostalgia. El bosque anticipa
las primeras sierras,
intimida y custodia.

El loco peregrinar
se detiene un instante.
Algunas nubes próximas
condensan el silencio.

 

En la montaña

Púrpura y azul
el horizonte señala.
Otros lugares
quedan vedados
a nuestra conciencia.
Aún no aparecen
historias nuevas
en el concierto
de todo cuanto existe.

Al resguardo queda
el refugio en la montaña
protegido y escondido.
El oro de los dioses
cuida del ocaso
oculto en la tiniebla
que el maestro del alma
con paciencia vigila.

 

El antiguo puente

Azul y plata
en el manantial
que el antiguo
puente reúne.

Se hunde ya la noche
y el murmullo del agua
canta a lo abierto.

 

El extraño

No te ha sido dado
trascender la violencia
de la especie, y los pasos
del extraño vienen
de tan lejanas tierras.

Su palabra nombra lo inmenso
en todas las lenguas.
La hora sobrecoge
al caminante
y le otorga al instante
la más siniestra corona
de lo inalcanzable.

 

La tarde ahora

Perros guardianes
ladran a lo lejos.

Algarabías llegan
y la tarde ahora
es una explosión
de soles y lunas.

 

Conversación

Los pequeños sucesos
se lanzaron
sobre los recuerdos.

Los deseos cesaron
con un rito desgarrador,
implacable.
El pasado
llegaba desde la infancia.

Desde ese lejano país
veía cernirse
cuentos y fantasmas.

Padre e hijo conversaban,
las palabras se fundían
en un instante de bronce
único y maravilloso.

 

Pequeños surcos de agua

Un canto de cascada
una pincelada de luna
migran a cada
rincón del bosque.

Los peregrinos han detenido
su marcha.
buscan el reposo.

Algunas hojas caen
que la suave brisa
entremezcla
con pequeños
surcos de agua
que se pierden
en el horizonte.

 

De su libro (“Cielo y tierra”, 2015)

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