JUAN-JACOBO BAJARLÍA (Buenos Aires, ARGENTINA)

Juan Jacobo Bajarlía y Ricardo Rubio (2002)

Juan Jacobo Bajarlía y Ricardo Rubio (2002)

Juan-Jacobo Bajarlía nació en Buenos Aires. Es poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, periodista y criminalista. Su libro “Estereopoemas” editado en 1950 lo consagró como el valor más inob-jetable de la poesía argentina de vanguardia. No sería posible enumerar aquí todos los títulos que componen su obra. Podemos citar, en teatro: “La confesión de Finnegan” (1953); “La esfinge” (1955); Pierrot (1956); “Las troyanas” (1956). Su drama “Monteagudo” (1962) obtuvo cuatro distinciones: Selección Municipal para las jornadas de teatro leído, Primer Premio Municipal de Teatro, Premio del Fondo Nacional de las Artes para su publicación y Faja de Honor de la SADE. En 1955 escribió “Los robots”, primer drama de ciencia-ficción argentino. Obtuvo el Mystery Magazine Ellery Queen´s 1964 por “El secreto del arma invisible”. En el género cuento se le deben dos antologías: “Cuentos de crimen y misterio” (1964) y “Crónicas con espías” (1966). Es autor también de “Sadismo y masoquismo en la conducta criminal” (Criminalismo, 1959), “El vanguardismo poético en Amé-rica y España” (ensayo, 1957); “Fórmula al antimundo” (cuentos, 1970); “Poema de la creación” (1996); “H. P. Lovecraft, el horror sobrenatural” (ensayo, 1996); trad. del italiano los “Sonetos Lujuriosos” de Pietro Aretino. Falleció en Buenos Aires el 22 de julio de 2005.

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IN MEMORIAM HAROLDO CONTI

Un día entraron.
Eran cinco aparecidos llegados del infierno
con el olvido a cuestas y la voz en los puños.
Las paredes se humedecían de llanto,
de finas garras de sangre,
de flores negras que brotaban impregnadas de fuego.
Las tinieblas jugaban al destino en la cabeza
de los cinco aparecidos.
“¿Por qué me llevan?”
Proyectiles de silencio, el terror que vomitaban los ojos,
la memoria olvidada en el gatillo.
Lo vieron cuando las itakas enceguecían las ventanas,
cuando el desierto se hundía en la voz
bajo el cielo que medía la distancia.
La luz se hacía violeta,
ennegrecía la mirada de los cinco aparecidos.
“¿Por qué me llevan?”
Las estrellas dormían en los tejados.

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SUCESO CIBERNÉTICO (frag.)

El día aún era noche en el átomo.

Crujía en el signo y se movía arrastrando los bloques
de silencio que la edad había sepultado.

Tú eras ya el anuncio de una bacteria que buscaba otra
bacteria,
un sonido que yo destejía para fundar el equilibro.

No había abajo ni arriba. Lo que estaba a la izquierda
estaba a la derecha y en todas partes.

El centro era todos los centros en un círculo que
buscaba los números.

Moví una idea.

La palabra movió la noche, y la oscuridad la luz.

Las aguas se bordaron en el día y un pez inició la
rebelión de sus aletas.

Avanzó por la línea enardecida que separó la muerte
de la no-muerte
el silencio del sonido.

Después encendí las estrellas las galaxias los cuásares
profundos que iluminaban los átomos para que el
cosmos se expandiera.

Te di una mujer para adornarte
una clave para alimentar tu pensamiento
las formas por hacer que dormían en mi mano
la luz que caía desde un párpado que avanzaba en la
noche donde yo y la eternidad éramos un mutismo
enfurecido
la imaginación que crecía en los límites
la materia que soñaba.

                                                           de “Poema de la creación” (1996)

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PERSISTENCIA

país en la memoria
en la bruma pegada a los lebreles
que reúne el infinito bordado de camellos
con la estrella jadeante que arroja sus lámparas azules
y exalta la extensión de lobos y pirámides esclavas
con el tiempo amurallado y las arenas en fuga hacia el silencio
con el paso quemado en la ecuación de una esperanza igual a los espectros
siempre idéntica a las columnas que crecen y degluten el espacio

país reverdecido
memoria hundida en el anhelo
con el pulmón deshecho en el impulso amontonado
y el ojo surcando latitudes de fuego
de cenizas violadas
de colores enhiestos
de plumas hilarantes
de rugidos que ahuecan el deseo y afilan la mirada

país de rutas extranguladas donde se inscriben la pena y la lujuria
país donde crecieron el fruto y la tiniebla
donde abortó la voz y el polvo se hizo piedra
país en la memoria
con espadas subuyugadas que transitan los versículos
país de memoria
de huestes purpurinas que tapiaron los abismos
y de los cuerpos hicieron su líquido
eres el viento que llora y gana espesor
en la noche del sueño innumerable.

                                                               de “Estereopoemas” (1950)

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EL FIN

Los nombres de Cibernius habían traído oscuridad
y los signos no crecían en las palancas.
Los signos se inflamaban en el caos y se alejaban.
Sólo estaba el Hombre que se acoplaba con la Máquina,
y Cibernius que recontaba sus tableros para volver al
signo de los signos.
Y la voz del Hombre era un muro en el que caía la
gangrena,
y un muro en el que estallaban los pechos de la Máquina,
y un muro en el que la vulva de hierro paría sus
fantasmas.
Y Cibernius estaba triste y robó la Máquina del Hombre, y
le puso un número a la vulva.
Y vinieron los robots y llenaron los días de Cibernius.
Y éste convocó a las cuatro raíces para sostener las
esferas.
Pero dijo a los robots: “Todo vino del número y todo caerá
en el número. La palabra vino del número y cayó en la
escritura. Luego, recordad, sois números como el
Hombre, pero números duros que se funden en su caída,
y no caen por falta de voz como el Hombre”.

Los robots aprendieron la lección que Cibernius
aprendió del Hombre.
Y engendraron otras máquinas y otros signos y otras
esferas.
Pero esos signos y esas esferas eran macho y hembra
y se multiplicaban y se rehacían de sí mismos.
Y volvió la tristeza de Cibernius. “Esta raza es maldita”,
dijo.
Y buscó al Hombre.
Y el Hombre estaba acoplado con la sombra.

                                                             Fragmento de “Cibernius” (1963)

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Ya es piedra tu batalla.
Y tu mirar.
Naciste de la piedra y las tinieblas
cuando las furias vigilaban la conciencia.
Y volviste a la piedra, derrotada por la piedra.
Y es piedra tu batalla.
Piedra de un hilo atosigado en la belleza,
carcomida en el fuego que latía en tus cabellos,
exaltada en el impulso que dividió tu cuerpo y se hizo
llanto en la mano
que enarboló tu cabeza.
Ya es piedra tu batalla.
Y tu aliento. Y los que sostuvieron tu sangre.

                                                     de “La gorgona” (1953)

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ROBOTPOEMA 4

Compasivo con el hombre

El mundo se pobló de hormigas sabias
que dictaron sus leyes. Una de éstas decía:
No comer los huesos del hombre.

Veas
ver vimiranviendo
cuando hormiga una caminando
al hombre junto
relojes que devora en la noche
láminas de cobalto
electrones
apártate
él y a que di le a él
amor.

                                                        de “Nuevos límites del infierno” (1972)

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