HÉCTOR MIGUEL ÁNGELI (Buenos Aires, ARGENTINA)

Héctor Miguel Angeli

Héctor Miguel Angeli

Poeta de acendrada voz y fino lirismo, Héctor Miguel Ángeli, nació en Buenos Aires en 1930. Ejerció la docencia, fue guionista televisivo y, tras cursar estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad local, el gobierno de Italia lo becó para que perfeccionara, en Roma, sus conocimientos sobre la literatura de ese país, estadía que lo llevó, ulteriormente, a convertirse en traductor de importantes autores peninsulares. Reconocida su obra poética por la municipalidad porteña y por la Fundación Argentina para la Poesía, en 2005 recibió el Premio Esteban Echeverría, galardón que otorga anualmente la entidad Gente de Letras. Ha publicado los poemarios Voces del primer reloj, 1948; Los techos, 1959; Manchas, 1964; Las burlas, 1966; Nueve tangos, 1974; La giba de plata, 1977; Para armar una mañana, 1988; Matar a un hombre, 1991, y Frutas sobre la mesa, 2007. En 1999 reunió su obra poética édita hasta ese entonces en un volumen que apareció bajo el título de La gran divagación, compilación completada en 2004 con la antología Animales en verso. En 2013 publicó la obra teatral La Paralela.

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El pan y la madera

No pongas el mantel, niña.
Deja la mesa al desnudo.
Deja también el pan al desnudo.
Que se vean juntos
el pan y la madera.
El calor y la dicha
nacieron de esa cita.
Mi padre llevó las horas.
Mi madre llevó un cesto
trenzado con el cielo.
¡Cuántas veces el sol
entró con ellos!

No pongas el mantel, niña.
Ahora no, después sí,
cuando se duerma esta ráfaga
de retratos todavía dorados.
Mi padre me acercó al desvelo.
Mi madre me acercó a una fuente
con ángeles custodios.
Si hay fantasmas en las sillas
son espejos del silencio,
del silencio y nada más.
Pronto llegará el momento
de iluminar la comida.

No pongas el mantel.
Deja caer la ilusión
sobre el pan y la madera.
                                             De Frutas sobre la mesa, 2007

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Frutas sobre la mesa

Sube el color de las ciruelas
cuando el durazno se agiganta.
Un hachazo de luz parte una manzana.
(Falta la bujía de un limón)

Las deliciosas frutas sobre la mesa
están dispuestas
a ser probadas, comidas, devoradas,
gustadas en un momento abierto.
Extiendo mi brazo como una garra
sobre ese paraíso de fácil oferta.

Todo es cordial
y sin embargo huye una constelación
cuando mi mano se acerca a la rapiña.
Es dulce el sabor de lo que llega
o amarga destrucción el apetito.
Las frutas son naturaleza viva.
(Sus jugosos consejos
me dicen que retire la mano
y espere todavía)

                                        De Frutas sobre la mesa, 2007.

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7 de Octubre de 1849

Un día de octubre,
en Baltimore,
en el hospitalario banco de una calle,
un hombre murió
porque no pudo resistir la mediocridad.
A veces yo también me siento
en un banco de la ciudad,
pero esta ciudad no es Baltimore,
ni el Progreso conmueve las tabernas.
Y aunque las señales de partida
sean hoy más turbias
que el delirio o la miseria,
no he dejado todavía
mis valijas en el embarcadero.
Tampoco me habita el orgullo
de ser Edgar Allan Poe,
ni se esfuma en el otoño
el espectro de Virginia Clemm.
Pero sí hay un banco, una ciudad
y hay un espectro,
la mortal repetición
sería posible.

                                            De Matar a un hombre, 1991

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