UMBERTO SENEGAL (Calarcá, COLOMBIA)

Umberto Senegal

Umberto Senegal

Umberto Senegal  nació en Calarcá, Quindío, Colombia, en 1951. Poeta, cuentista, ensayista, educador y editor.
Libros de poesía: Pundarika (poesía zen, 1981); Ventanas al nirvana, 1986; Dejé las flores en el sueño, 1994; Antología  del haiku latinoamericano, 1993; Blanco sobre blanco, 2008; Sunyata, 2009. Obra narrativa: Desventurados los mansos, 1977; Cuentos atómicos, 2006; Microrrelatos, 2006; Minicuentos, 2006; Haikuentos, 2006; Relatos para un enano, 2008; Visitantes, 2009. Ensayo: Papeles y razones, 1989; Ítaca de Cavafis, 2009.
Varios de sus minicuentos fueron incluidos en las antologías de minificción Por favor sea breve 2, 2009; Comitivas invisibles, 2008; Antología del cuento corto colombiano, 2004 y Segunda Antología del cuento corto colombiano, 2007.
Fundador y Presidente de la Asociación Colombiana de Haiku. Coordinador del Centro de Estudios Bizantinos y Neohelénicos, Miguel Castillo Didier. Codirector del Centro de Investigación y Difusión del Minicuento, Lauro Zavala. Vicepresidente de la Fundación Pundarika. Asesor literario y coordinador de Cuadernos Negros Editorial, de Calarcá, Quindío.
Ha recibido varios reconocimientos y medallas de oro al mérito literario en el Quindío. Ha editado y dirigido varias revistas y periódicos literarios entre ellas la Revista de arte y literatura, Kanora. Ganador de varios concursos regionales de cuento y poesía de Comfenalco, Quindío y el SUTEQ, entre otros. Coordinador de talleres literarios dentro y fuera del Quindío.

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Y DIOS ASÍ LO APROBÓ

1. Tan pronto los estropeados sombreros del mago encontraron al mayor de los grises, la huraña voz del mendigo suplicó que la dejaran trocarse en eco.

Y Dios así lo aprobó.
Los hombres vieron que era bueno y lo aprobaron también.

2. Reunieron las ocultas repulsiones de los zaguanes y las terrazas. Sin temor a las normas, todos se desnudaron para verificar la longitud de sus penes, la profundidad de las vaginas y decidir quién era el mejor lector de Pessoa.

Y Dios así lo aprobó.
Los hombres vieron que era bueno y lo aprobaron también.

3. Cuando por la arena de las playas solitarias, durante la madrugada, rueden anudados los pulpos del jeroglífico, sin nadie capaz de interpretar un signo ni una sílaba y alguien grite el nombre de Simbad. O diga caracol. Diga remo o naufragio.

Y Dios así lo aprobó.
Los hombres vieron que era bueno y lo aprobaron también.

4. Ayúdenme a ser poeta, supliqué a las cosas con las cuales fui encontrándome en el sueño. Lo intentaremos, dijeron, pero debes despertar y suplicar en silencio. Solo. Siempre entre palabras solas.

Y Dios así lo aprobó.
Los hombres vieron que era bueno y lo aprobaron también.

5. El comprador de sofás viejos, preguntó por los roídos zapatos de Robert Walser. Yo no los tengo. Y sonreí, mientras caían las flores del guayacán lila.

Y Dios así lo aprobó.
Los hombres vieron que era bueno y lo aprobaron también.

6. ¿Eres tú, Justine?, pregunté, deseándole la boca roja y sus entreabiertos labios húmedos, a la adolescente abandonada. La sombra de Durrell se descolgó por la pared de ladrillo.

Y Dios así lo aprobó.
Los hombres vieron que era bueno y lo aprobaron también.

7. Bongo. Lira. Bongo y trompetas.  Marihuana y saxofón. Piernas. Zapatos. Negros culos de sensuales mujeres sudorosas. Un laberinto lleno de mercaderes donde las miradas de los perros huelen a melancolía. Jazz. Blues. Dedos. Manos. Cinturas. Boca y trompeta. Lágrimas. La noche siempre la noche y otra vez la noche aunque sea madrugada.

Y Dios así lo aprobó.
Los hombres vieron que era bueno y lo aprobaron también.

8. He aquí entonces que el poeta, enamorado de las madrugadas y atardeceres, de las eternidades que la vida le regalaba cada segundo, solicitó a Dios un minuto más para su cuenta de permanencia en el mundo.

Y Dios así lo aprobó.
Entonces el poeta vio que era bueno.
Siempre había sido bueno
y no podía ser de otra manera.

……………

EL ÚNICO PAR DE MISERABLES

Yo, que he sufrido la angustia de las pequeñas cosas ridículas,
                  verifico que no tengo igual en este mundo.
                  Toda la gente que conozco y habla conmigo
                   jamás ha cometido un acto ridículo.
Fernando Pessoa: Poema en línea recta.

 

.
Bueno, Fernando,
fuiste el primero en confesarlo y hoy, también yo,
con pudor frente a los pudibundos,
me desnudo para que sean dos, por lo menos dos,
sólo dos en un mundo con millones de personas,
los únicos corruptos y los únicos fracasados,
los únicos miserables,
las únicas basuras humanas entre incontable
gente virtuosa,
al lado de tanto consentido de Dios y de la vida.
Tú y yo,
el único par de miserables tantas veces cerdos
y canallas irredimibles entre hombres rectos,
entre hombres salvos que ya tienen asegurado
un lugar en el cielo,
mientras nosotros
hasta en el mundo continuamos exiliados.
Yo y tú:
tantas veces desentonando entre ángeles
y virtuosos, creo
que podremos mirarnos directo a los ojos
sin ruborizarnos.
A los dos nos quedará el consuelo
de pensar —no pensamos;
de soñar —no soñamos;
de imaginar —tampoco imaginamos,
miserables que somos, que alguno de los dos
puede ser mejor o peor que el otro.
No deja de ser una vaga esperanza
nuestro miserable optimismo, Fernando,
en medio de tanta gente que sí sabe pensar,
que sí sabe soñar, que sí sabe imaginar,
que nunca tiene un mal pensamiento,
el hecho de considerar que alguno de los dos
sea un poco más miserable que el otro.
Espalda contra espalda, iremos
por el universo de los virtuosos incomodándole
su éxtasis a tanto redimido, sin ruborizarnos.
Porque hasta el más miserable está obligado
a reconocerlo: todos ellos son santos
o están en camino de serlo, o hace tiempo
son mucho más que santos, mientras nosotros
día tras día, nos volvemos más repugnantes
y pecadores.
Sobre todo cuando me juzgan, Fernando,
no levanto mis ojos sórdidos
hacia estas humanas potestades
para no empañarles la pureza.
Mucho me extraña que la vida haya sido capaz
de brotarnos juntos
para compartir el planeta con seres tan puros,
seres tan inmaculados que nunca saben qué es
una tentación, cómo nos adoptan de fácil los pecados.
Somos los condenados y sacrificados
por todos los dioses y por todos sus sacerdotes
y profetas y creyentes.
No me engaño, Fernando Pessoa,
y creo que tampoco alguien estaría dispuesto
a prestarle su inteligente filosofía
a un miserable como yo,
para que se defendiera de gente inocente,
de gente que nunca ataca primero.
No hay dudas de que me hicieron
con el único objeto de contrastar con mi bajeza
la nívea pureza de sus vidas.
Sí, Fernando, creo ser el único malvado
porque así me lo repiten todos los días
quienes llevan en su destino la dicha de ser
perfectos, intachables,
íntegros, honrados, triunfadores, realizados,
justos, dignos y bondadosos.
Leyendo tu confesión, encuentro que no fui el único
al que la naturaleza hizo al revés
como me lo gritan quienes en sus ojos de ángel
no tienen briznas de paja ni vigas.
¡Qué bien!
Resulta entonces que Dios omnipotente
se equivocó dos veces: la primera, cuando te hizo;
la segunda, cuando me hizo.
Es un consuelo, ¿verdad, Fernando?…
No estamos solos entre tanto virtuoso.
No estamos solos, entre tantos elegidos
no estamos solos, Fernando.
¡Qué pena, nosotros dos creando
tanta carga de maldad
en un mundo de gente tan virtuosa!

.
POSIBLEMENTE

¿Eres mi mujer?
La que teje con agua
flores en la arena,
y sabe dónde crece
mi presente para plantar
sus besos y mis caricias.
La mujer que no teme
al tiempo y sabe que los años
son fugaces instantes
donde se decide el amor.
¿Eres mi mujer?
Que va con el vuelo
de la abeja y no se queja
ni se aleja, simplemente
se deja. Eres mi mujer,
aunque no te des cuenta
y yo no lo sepa.

.
AFRODISIA

Amada, entrando por entre tus nalgas
de durazno,
debo asirme a lamentos silenciados
para no hundirme tan de prisa.
¿Alargar un dolor es convertirlo en placer?
Reclamas —leve queja de labios sobre la almohada—
la tardanza del viaje.       Un siglo
masticándola para sólo saber del jugo
de la manzana.
Entrando poco a poco,
es el largo viaje del cual Odiseo no desea regresar.
¿Dónde aprieta más?
Sobre la concavidad de tu espalda,
desaforado el eco de mi corazón.
No sigas escalando hacia adentro.
¿Lo lamentas?
¿Estoy pensándolo?
Rechazarte aquí atrás, es hundirte más y más
dentro de mí.
Ignoraba que tan constrictora puertecilla
la custodiaba un pudoroso arcángel violado.
Continúo mi camino     tu estrecho sendero.
¿Quién explica este éxtasis
si sólo hay espacio y tiempo para la agonía?
Tu espalda, caracolcillo conmigo a cuestas.
Remolino de uvas rituales.
Llego con mi antorcha encendida,
ofrenda que no se extingue en la honda plenitud
de las turgencias.
A tu surtidora fuente llego siempre
por cualquiera de los dos caminos.
Llego y desgrano, inmisericorde contigo y conmigo,
la luz dentro de ti.
Blanca luz que nos desintegra.
Y que nos funde hasta quedarnos
unidos en el sueño: tú sin querer huir de mí,
yo sin poder salir de ti.

.
Y SIGUEN AQUÍ

O se van los poetas
o se van sus poemas.
O ambos se silencian
pero esto no puede
seguir así, con unos
y otros confundidos
entre la poesía.
Esto no debe continuar así,
desde el perro callejero
hasta las flores marchitas.
Estos poetas volando
cuando deben caminar,
muriendo cuando es preciso
vivir y sosteniendo el mundo
con palabras y palabritas,
explicándolo con imágenes.
Y lo más grave: el silencio
atentando contra el silencio;
las palabras intentando
demoler las palabras.
Pero los poetas no se van.
Ni se irá la poesía mientras haya
un hombre sin prisa.

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