MARÍA AMELIA DIAZ (Buenos Aires, ARGENTINA)

María Amelia Diaz

María Amelia Diaz

María Amelia Diaz es poeta, narradora y ensayista. Coordina Talleres literarios para la Secretaria de Cultura de Morón (1993/2013) y en forma particular (1987 a la actualidad). Ha publicado en poesía “Cien metros más allá del asfalto”, “Para abrir el paraíso”, “Las formas secretas”, “La dama de noche y otras sombras”(Mención de Honor Premio Municipal de Poesía CABA), “Para justificar a Caín”, “Extranjeras a la Intemperie” (junto a Susana Cattaneo) e “Historias de mujeres desaforadas (cuento Mención de Honor Faja SADE). Integra antologías nacionales e internacionales. Editora de la revista cultural “Sofós”(1998/2000). Se desempeña como jurado literario. Está incluida en el “Diccionario de autores” del Ministerio de Cultura de Buenos Aires y en el Museo de Poesía de la provincia de San Luis. Fue vicepresidenta y presidenta de S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores) regional Oeste. Ha dado charlas y conferencias sobre temas literarios en distintos puntos del país. Publica en forma permanente ensayos literarios en distintos medios nacionales. Coordinadora de los Cafés Literarios “Casa del Poeta “y “Extranjera a la Intemperie”. Fue miembro de la Comisión Organizadora del Encuentro de Escritores del Municipio de Morón (1996/2008) y del “Gran Salón de Poesía del Bicentenario” en el Centro Cultural San Martín. Es distinguida por la Secretaría de Políticas Culturales de los Municipios de Morón e Ituzaingó por su trayectoria como escritora y su aporte a la cultura. Premio Ensayo de la Asociación Gente de Letras. Premio Reconocimiento a la trayectoria de ASOLAPO, Premio Santa Rosa de Ituzaingó del Museo Goyaud, auspiciado por la Secretaría de Cultura de la Nación.
mariamelidiaz.blogspot.com.ar

 

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Esta otra piel,
mi pielpoema,

me envuelve,
celofán que cruje al roce de una mano.
Pielpoema
Siempre los poros abiertos,
siempre los poros para sitiar el mundo.
Cuerpo.
Universo.

Y esto que somos,
fantasmas alojados debajo de la piel,
y detrás la palabra.

 

 

RELIQUIA

Cerca del papel y de la lapicera
y de este ordenador que lo registra todo en signos,
buscamos
los ecos sepultados en países remotos.
Nuestra mano se esfuerza,
a una orden del cerebro le abre la boca a las palabras,
deja su impronta de hormigas negras en el salitre del papel,
una y otra vez desciende,
una y otra vez revuelve el pozo sin reflejo de luna que llevamos
/dentro,
nuestro pequeño inframundo más pavoroso que el Hades,
busca la combustión oculta entre la medianoche de los huesos
donde san Agustín buscó el resto:
ese pedazo de sentido que asoma, deshilachado y críptico,
/ entre los jirones del poema.

 

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Estalla
se expande,
el universo del cuerpo es un gigante que despereza sus miembros,
los estira en el gesto irreverente de un bostezo.
Y hay las distancias heroicas que se miden con la sustancia de la sangre,
las distancias que no caminaremos nunca ni aún en el dominio rebelde de los sueños
donde galaxias de células extrañas caben en el cuenco de una mano.
Y están los agujeros negros
testimoniando el infierno de nuestra impotencia,
negros agujeros de sombra que todo lo devoran
insensatos,
como el lobo del cuento.

El universo del cuerpo
¿En qué lectura caben las arterias y las venas,
los órganos y sus años de vida,
y sus leyes de tiempo?
¿En qué despierta somnolencia levantará su rostro
/esa pequeña flor del corazón que amamos?
¿En este cuerpo errante que se me desmorona
como un puñado de brazas ardiendo entre mis dedos?

Me quedo con la rabia de no saber adónde
esto que soy desde mi nacimiento,
jeroglífico inscripto en la trama de un pergamino escrito en idioma
/ foráneo que desconocemos
y nos pierde en la niebla.

 

FRUTAS SOBRE LA MESA      

        

                                                 A Héctor Miguel Ángeli

 

Él poeta ubica con gesto hogareño una frutera sobre el mantel a cuadros de la mesa
y alguien, siempre un comensal, se inclina
aspira el perfume frutal,
duraznos y limones y manzanas,
y el morado que sube desde el color de las ciruelas*.

Sus palabras son naturaleza viva jugando ceremonias en la frutera,
sobre el mantel en damero de azules de la mesa.

La codicia extiende su mirada como una garra sedienta,
el comensal se inclina, arranca el vocablo limón y enciende su bujía,
entonces se ilumina de amarillo el papel entre los dedos,
y los ojos devoran
/ la magia del poema.

 

*(verso del poema “Frutas sobre la mesa” del libro homónimo del poeta Héctor Miguel Ángeli)

 

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Con su rodaja de sol flotando en el cenit de la taza
un té de saquito humea como un volcán doméstico,
espera sobre la mesa.
Naturaleza muerta,
las cosas nos rodean,
nos escoltan, nos cincelan,
y desaparecen.
Muebles, tazas, sillas, la cuchara, la humilde lapicera,
/todo a nuestro alrededor sucede,
el tiempo nos aterra con su roja voracidad de fauces de felino,
lo que ahora hay ya no habrá.
Ahora ya no es más ahora,
ni aroma a té, ni saquito con sol artificial incorporado flotando en el cenit de la taza.

Desde la caligrafía del papel, ella que fui yo,
la otra, la que ya fui yo hace un momento,
me habla.
Mientras dure el té, escribe.

 

 

NOCTURNO CON TRENES

 

Y casi al alba escribo sobre trenes
cuando su ruido muerde las horas vacías de mi insomnio,
cuando el paisaje es un cónclave de sombras
/que duerme tapando con sábanas de escarcha.
Escribo desvelada, oyendo ese silbato clavado como un cuchillo
/en la ciudad de cemento.
El ruido del tren me rueda por los rieles del cuerpo,
me lleva hacia la perversa lucidez de la vigilia
en la casi alba,
/cuando arde porque hay gatos que distraen a la luna con su sexo.
El ruido del tren me espanta las palomas del sueño,
me convierte en sombra tendida entre las otras sombras de la alcoba,
rebelada contra las jaulas de la noche,
/esas jaulas donde la noche encierra sin barrotes los sueños
mientras el ruido del tren se aleja hacia otros ruidos
y me deja acostada en los desiertos del silencio.

 

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¿Para quién estas palabras?
Sombras largas que la noche de Penélope nos teje y desteje
cuando arrojamos redes convocando inscripciones como pequeños guijarros.
¿Perdurarán ellas como lo hizo el trilobite oscuro
al dejar su impronta en la piedra inicial de los tiempos?
O tan solo, como estas gotas de lluvia que caen ahora sobre las baldosas del patio,
trazan su circunferencia, se expanden
y luego, como si nos hubieran creado para personajes de un cuento,
junto a nosotros desaparecen.

 

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Estalla
la luz entre la oscuridad blanca de las sábanas,
y en la noche de murciélago, el cuerpo
cede al roce de una mano.
Eso también es el poema.

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