ESTER DE IZAGUIRRE (Asunción, PARAGUAY)

Ester de Izaguirre

Ester de Izaguirre

Ester de Izaguirre nació en Asunción en 1923. Es poeta, narradora y ensayista. Vive en Buenos Aires desde niña y ha sido considerada una de las notables poetas de la “Generación del 40”. En esta disciplina ha publicado Trémolo (1960); El País que llaman Vida (1964); No está vedado el grito (1967); Girar en descubierto (1975); Qué importa si anochece (1980); Judas y los demás (1981); Y dan un premio al que lo atrape vivo (1986); Si preguntan por alguien con mi nombre (1990); y Una extraña certeza nos vigila (1992). Una primera recopilación de toda su creación poética apareció, en la década de los años noventa, bajo el título genérico de Poemas (1960-1992): Obras completas (1993). Fue Primer Premio Municipal de 1968 en cuento inédito Yo soy el tiempo, publicado en 1973.

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JUDAS

Soy Judas, el traidor,
y te di más que todos,
yo te di más que amor.
Para ellos la merced del heroísmo
y la docilidad de serte fieles,
porque ellos no afrontaron tu mirada
allá en Getsemaní.
Ojalá me hubieras dicho: “te comprendo,
lo estás haciendo bien. Animo, Judas”.
Ellos navegaban en barcas
que el prodigio salvaba de mareas tenaces,
yo me hundí hasta tocar fondo en los abismos
de este mar de ser hombre y acordarse.
Todos vieron los clavos y lloraron,
yo te inmolé para que amanecieras.
Convocaron a tantos para el drama,
Caifás, Anás, Herodes y Pilatos,
por qué también a mí. Yo te quería.
Por qué habrán acuñado las monedas.
por qué las profecías.
por qué el árbol aciago
como un ojo hechicero reclamándome
desde la sangre intacta de la Biblia
Soy Judas, el traidor,
el que mejor cumplió con su destino.
El que entregó al que amaba. Por amarlo.

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DÓNDE ESTABAS

 

Dónde estabas
que la vida se fue sin que te viera,
en qué resquicio sórdido del tiempo,
en qué mentira gris,
en qué apariencia.
Si volviera el verano
y una señal del viento.
Si todo fuera igual
y descubriera en la arena
alguna huella.
Dónde estabas
que la vida se fue sin que te viera.

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A LA CASA EN VENTA

                          A mis hijos Jorge, Graciela,
                          Gustavo, Guillermo y Martín

Te vendimos.
Como se vende un pan.
Como a una esclava en un mercado antiguo.
Y hubo algún vendedor
con barbas de saber bien lo que hacía:
señalaba la blancura de tus muros,
manoseaba tus árboles perplejos.
Pude tasar la infancia de mis hijos,
las lluvias y las siestas de veinte años,
las caricias de Negro, de aquel perro
que se quedó dormido entre mis brazos.

Y cómo pude ver que, terminada
la ceremonia oscura de la entrega,
otra cara, otra voz, otra mirada
hacia un no sé y un nunca te llevaba
entre el rumor creciente de la feria.
Yo debí pasar hambre hasta quedarme
con todo el corazón a la intemperie,
antes que ver hollados los recuerdos
por pisadas ajenas.
Hoy buscaré un mercado, uno cualquiera,
para vender mis culpas.
Y mi pena.

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