ANTONIO ALIBERTI (Sicilia, ITALIA – Buenos Aires, ARGENTINA)

Antonio Aliberti (1938-2000)

EL VIENTO EN BARCELLONA

Miraba el viento
– el viento también tenía sus colores:
era gris, a veces blanco
y se volvía de plata
en la frente de los campesinos.
(La tierra es baja, baja, Señor
y su espalda parece un hierro torcido).
Pero el viento en Barcellona
me susurraba miel entre las venas;
me decía: “Levántate, Antonito,
y canta canta canta una vez más”.
Y a esta altura – desde lejos –
el dulce canto se dispersa:
ya mi voz no emana hilos de oro.

RAÍCES

No hay mayor dolor
que esparcir
las propias cenizas por el mundo
si acaso es mundo
el imperceptible susurro de la hierba
que crece con el impulso dulce de la infancia.
Abandonar
un cierto modo de vivir y de morir
llevando los rasgos personales
por sitios en que los rasgos
no tienen espejos donde reflejarse
y marchan en silencio
extraviados como corderos que no hallan a sus madres
y se alimentan sólo de desgarros
en medio de la hierba amarga de la soledad.
No hay mayor dolor
que crecer sin darse cuenta
la primigenia raíz sola y sin consuelo.

.

.

TANTÁLICA
.
Nos enamoramos de la noche
porque acumula los sueños de días muy largos.
Todo lo acumulado se ve a través de un velo,
picoteado por las aves magníficas de la memoria;
pero no hay forma de mirar por las hendijas
que la escarcha va dejando en los ojos de los muertos,
porque los muertos, cuando menos se espera,
salen a caminar por las ramas de los árboles
y, desde lejos, parecen manzanas ahorcadas,
juegos de palabras, signos de interrogación
de preguntas que nadie ha elaborado todavía.
Hay sin embargo un dios en cada uno
y es ese dios que gobierna nuestros actos
cada vez que el cúmulo de días y los sueños
se funden en noche muy oscura,
donde las aves magníficas empollan
sobre un viejo fuego solapado;
y la memoria avanza, nos supera,
se ubica cada vez más adelante,
como un futuro que nunca alcanzaremos
(siempre en fuga),
un poco más allá de nuestras intenciones.
.
.
POR GRACIA CONCEBIDA
.
Por una gracia divina he podido
concebir alguno que otro verso;
quería que mi poesía y el universo
tuviesen un mismo espacio hendido
.
que descifrara el por qué de mi
querella, por qué siendo dos en uno
ni uno me sentía. A veces, sí,  pudo
más la razón  que a la razón le di.
.
En otras, “la tragedia de existir”
se abrió con algún modo de ironía,
cierto sarcasmo, una cadencia donde
.
con gracia yo me permitía partir
de una vida trunca  a otra; y surgía
acaso el poema, que otra vida esconde.
.
.
EL SALUDO
.
Mi abuelo se detenía para saludar;
se llevaba la mano a la cabeza
(había usado gorra alguna vez)
y saludaba con una imperceptible
reverencia.
A veces la gente salía de su casa
sólo para cruzarse con mi abuelo:
es que no era un saludo,
sino un agasajo;
como cuando uno despierta de mañana
y ve la punta del sol en la cortina.
.
Cuando el día está nublado parece más largo.
No recibir su saludo era lo mismo.
.
Pero de pronto se le dio por mirarse al espejo
y no pudo reconocerse.
Entonces se sentó a buscarse adentro,
como quien se sumerge en una laguna de sueños.
Y los sueños tienen sus riesgos:
se parecen al agua turbia de un estanque,
al humo espiralado que llena la memoria.
.
A veces quisiera ir a visitarlo,
hacerle señas,
llamarlo por el nombre;
pero no sabría responderme
porque está en su propio sueño,
que es posterior a mí,
.
y yo lo vería como si todavía no hubiera nacido,
como si todavía no tuviera nombre
y todo estuviera aún por suceder.
.
Vivimos en un mundo de ilusión.
Ninguna cosa ha sido, nunca.
O acaso sea simplemente una metáfora,
como la gorra que alguna vez usó.

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